04 DEC 2013 | COLUMNA DE OPINIÓN

Responsabilidad social

La nueva relación empresa-comunidad.

Por Carolina Andrade / HSEC MAGAZINE, EMB

Las empresas actualmente ya no pueden ser entendidas únicamente como entes económicos, desvinculados de los aspectos sociales y ambientales que las rodean. Hoy en día se les reconoce como actores que tienen gran impacto en el devenir social, determinando en gran medida el nivel de bienestar de la sociedad. En este escenario, la empresa debe asumir un nuevo papel, el que implica una transformación profunda en cuanto al rol ético que la envuelve, en donde la eficiencia y rentabilidad siguen siendo necesidades primordiales. 

Esto quiere decir que se entienden no solo desde la perspectiva económica: han dejado atrás la visión lineal, unidimensional y cortoplacista para pasar a la gestión de empresas responsables, que se desenvuelven en la multidimensionalidad y en la reflexión a largo plazo, reconociendo la influencia que ejerce el entorno en la gestión interna y viceversa, y dejando atrás el aislamiento con el que podían operar antiguamente.

En este contexto, un ámbito fundamental en la gestión responsable de las empresas es la vinculación con sus comunidades, es decir, con su entorno más cercano, aquel que las acoge y les permite la permanencia y desarrollo. Identificar las expectativas, necesidades y demandas de estas comunidades, como también integrarlas dentro de la estrategia de la empresa, es hoy en día una herramienta necesaria para asegurar su funcionamiento. 

Las comunidades demandan de las empresas transparencia, comunicación y diálogo, para generar relaciones de confianza y pensadas en el largo plazo. Por eso, las respuestas no pueden basarse en acciones filantrópicas que generan vínculos de dependencia y que se desvinculan del corazón de cada negocio. 

Perspectiva de inversión social

El propósito es que la relación empresa-comunidad sea pensada desde una perspectiva de inversión social, en donde la empresa se preocupe tanto del impacto económico como social de su acción. Asimismo, se espera que entregue herramientas e instale capacidades que permitan el empoderamiento de las comunidades y se piense en la sustentabilidad del proyecto en el largo plazo, es decir, en su autofinanciamiento para evitar la dependencia con la empresa.

Las políticas de inversión social deben estar formalizadas en documentos, que expresen los objetivos que la compañía desea buscar. Estos deben surgir del proceso reflexivo que desarrolle la empresa en torno a su negocio, al impacto que genera en las comunidades y al deseo de generar una sociedad con desarrollo humano sustentable. Mediante este proceso, se establecerá el marco en donde se desenvolverán las acciones sociales de las empresas, evitando los riesgos de caer en la donación sin sentido y facilitando la toma de decisiones a la hora de vincularse con distintos proyectos o iniciativas. 

Por otra parte, y como se mencionó anteriormente, la innovación cobra aquí un papel central. Se debe entender la innovación como el proceso por medio del cual la empresa genera una política de inversión social pertinente a su realidad, entendiendo los contextos y la pertinencia local en la que se desenvuelve su desempeño. En este sentido, las empresas deben gestionar los proyectos de inversión social de acuerdo a la realidad de su negocio y a la de la comunidad en la que se insertan.