17 JUL 2013 | NOTA DE INTERÉS

Fatiga laboral

La sobreexigencia en actividades laborales puede traer consigo un desgaste físico y mental, señales que no hay que pasar por alto.

Por Dr. Claus Behn / HSEC MAGAZINE, EMB

La fatiga laboral representa una señal de alarma que nos indica que, en relación con nuestra capacidad individual de trabajo, estamos ante una sobrecarga física o mental -o bien ambos- en nuestras labores. De esta manera, la fatiga nos alerta concretamente sobre la necesidad inmediata de disminuir la carga de trabajo o aumentar la capacidad, ante la inminencia de tener que prevenir algún daño.

En línea con lo anterior, percibimos este estado porque se manifiesta a través de un cansancio físico o mental innegable, que conduce a errores, accidentes y problemas no resueltos. Estos, a su vez, nos restan sueño reparador, lo que acentúa la fatiga aún más. 

Se genera así un círculo vicioso, en el cual la fatiga tiende a autosustentarse. Resulta, de este modo, un estado de “fatiga crónica” que puede generar enfermedades como la hipertensión arterial, la obesidad, la diabetes mellitus e, incluso, tumores.

Los efectos

La fatiga, en concreto, disminuye la productividad, ya que favorece, como vimos, la generación de accidentes y enfermedades, que conllevan, no sólo uno, sino que a un número contundente de días perdidos por cada trabajado. Además de, por supuesto, afectar la tranquilidad, calidad de vida y seguridad de las personas, tan necesarias hoy en los ambientes de trabajo.

En este sentido, la prevención de la misma no tiene relación con apagar la “señal”, sino más bien con intervenir en las circunstancias que están condicionando el encendido de esa sirena de alarma. Y el modo de enfrentar esto de la mejor manera posible es un ataque multilateral al problema. 

Prevención

Dicho ataque en múltiples flancos implica una preocupación bilateral del tema, siempre sabiendo que una cultura de seguridad y salud ocupacional es una responsabilidad compartida entre empleadores y trabajadores.

Por lo tanto, por parte del empleador, una vigilancia de la carga real física o mental que un determinado trabajo representa para cada individuo en terreno, es clave, así como también la especial atención a la eficacia del reposo, en particular de la cantidad y calidad del sueño.

En línea con esto último, también debe existir compromiso por parte de los trabajadores de cuidar su propio descanso, controlando los factores conductuales y ambientales que preceden el sueño y que pueden llegar a interferir con él. Cabe señalar que en este especial cuidado también tendrá injerencia la educación sobre la “higiene del sueño” que pueda promover entre ellos el empleador.

En ambientes de trabajo a gran altura geográfica -como, por ejemplo, en la minería- también es clave la oxigenación de los dormitorios, así como ajustar la temperatura ambiental en forma diferenciada según requerimientos específicos en lugares de trabajo y dormitorios, y el aislamiento de estos sectores de descanso contra ruido y la contaminación lumínica.

Por otro lado, la alimentación adecuada también ayuda, con gran variedad de frutas y verduras frescas, y restringiendo la ingesta de alimentos durante las horas de actividad, así como también inmediatamente antes de dormir. 

Por último, velar por la correcta iluminación de los puestos de trabajo, tanto en intensidad como en calidad, es relevante. Esto incluye garantizar la presencia de todos los componentes de la luz natural, en particular el componente azul, que aumenta la eficacia laboral y mejora la calidad del sueño durante el consiguiente período de descanso.