22 OCT 2015 | COLUMNA DE OPINIÓN

Equilibrio entre racionalidad y emocionalidad

Hasta finales de los 80´s y principios de los 90´s la racionalidad en la administración era el tópico más importante en la gestión de organizaciones.

Autor Edgar Lascano / Grandes Pymes

Hasta finales de los 80´s y principios de los 90´s la racionalidad en la administración era el tópico más importante en la gestión de organizaciones, hasta que Mayer, Salovey y sobre todo Goleman visibilizaron la importancia de la inteligencia emocional como elemento fundamental en la gestión de personas y empresas.

La mejor definición de esta inteligencia fue desarrollada por los primeros: “es la capacidad de comprender y gestionar las emociones propias y de terceros”. Sin embargo, a partir de esta importante tendencia mundial, parecería que la inteligencia racional se ha devaluado e incluso casi desaparecido.

Varios investigadores han alertado sobre esto, por ejemplo, para David Niose “el anti intelectualismo está matando norteamérica”, Robert Swartz, director del National Center For Teaching Thinking de EE.UU., menciona que “el 90 a 95 % de población del planeta no sabe pensar críticamente”.

Este enfoque hacia la influencia de la emoción en los consumidores, ha generado toda una escuela de publicidad, marketing y ventas basadas en la manipulación de emociones y aspiraciones como clave para lograr impulsos de compra. Enfoque que arribó a la gestión a través de temas como “happyness” o “great place to work”.

No obstante, en varios países ya se ha generado cierta resistencia y hasta rechazo de trabajadores y ejecutivos, considerando a estas propuestas como invasivas. De hecho, varias investigaciones han demostrado que la motivación externa influye en las acciones coyunturales pero no en la realización personal, es un asunto intrínseco y muy personal.

Los extremos siempre serán malos. La excesiva racionalidad podría causar estancamiento; parálisis por análisis, la excesiva emocionalidad podría causar caos por hedonismo y superficialidad. Los retos del mercado y sobre todo de la economía que se desacelera en la región y el mundo, exige llegar a un sano equilibrio entre los dos mundos, sin perder de vista que la definición universal, filosófica, histórica y legal de trabajo conceptualizado como la relación entre el individuo y la organización en el intercambio entre el tiempo, actividades conscientes o esfuerzos intelectuales y físicos, a cambio de una remuneración.

Por lo tanto, seleccionar, gestionar y evaluar con instrumentos psicométricos, ontológicos o invasivamente emocionales que enfatizan en el subconsciente, podrían no lograr los resultados deseados e incluso generar potenciales problemas legales. Al final del día, tomar decisiones basados en la personalidad y después en el cumplimiento de metas, potencialmente podrían lesionar derechos universales y ser incluso discriminatorios. Fue claro lo que nos dijo un obrero hace pocos meses: “me deberían evaluar por lo que hago y no por lo que soy”.

El respeto a la individualidad será la clave en este cambiante entorno, por ejemplo Susan Cain, sobre el poder de los introvertidos, advierte que “los mejores líderes e innovaciones en la historia han sido de personas introvertidas, no todos pueden y deben trabajar juntos o con el mismo nivel emocional”, eso no es trabajo en equipo.

Con esto surge la pregunta: ¿qué hubiese sucedido si obligamos a Einstein, Jobs, Buffet o Gates a participar en un taller de team building?, mi opinión es que quizás hubiésemos perdido, de estos grandes que se han reconocido como introvertidos, los grandes cambios de paradigmas logrados en sus respectivas áreas.